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Lorenzo o la geografía de una familia (Erzählung)

Ricardo Elías | | Artikel drucken
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1.

ME CAUSA MIEDO VIAJAR EN AVIÓN más me cautiva la idea de viajar a la luna y pasear por los parajes lunares amarillos como los astronautas, pasear por los parajes lunares debe ser un acto normal. Si pudiese viajar de turista a la luna enviaría a mi familia y a mis conocidos, pese a que no conozco a todos mis conocidos, cartas o cartas postales; detesto escribir cartas y cartas postales, de cumplirse que viaje de turista a la luna me comprometo a escribirle cartas postales a mi familia y a mis conocidos, a pesar de que no todos mis conocidos son mis amigos. La primera vez que viajé en avión fue en un vuelo entre Nicaragua y España, tuve escala en Santo Domingo, fue un vuelo normal, sin embargo tuve miedo; el miedo es una sensación feroz que estimula la fantasía en un dos mil por ciento, produce deseos incontrolables de orinar y un dolorcito extraño en la boca del estómago; el miedo es un aliado de Dios, los creyentes y ex creyentes poseídos por el miedo se encomiendan a él y le piden la esfumación del peligro sin tener percanse; es una actitud muy natural, se sabe que él no escucha, sea por que no existe o sea por sus demasiadas obligaciones, pero se tiene que matar el tiempo para calmar el miedo.

MI ABUELA PATERNA ESILDA ama a Dios sobre todas las cosas. Cierta vez opinó: la muerte puede ser Dios. Ella es viuda, su marido fue don César Augusto Díaz Montenegro, él murió de un ataque al corazón, yo no lo conocí. Ella cuenta setenta y cinco años y tiene pocas canas en su largo pelo negro y no necesita de anteojos para leer, sus ojos vivos son lentes de larga vista. Es una señora muy dinámica, se levanta a las cinco y media de la mañana, no necesita de un reloj despertador. Lo primero que ella hace es rezar las oraciones, luego se alista, sube en la camioneta y va a la finca cuyo nombre es Villa Dolorosa, ésta dista poco menos de veinte quilómetros de Boaco. La finca no es grande, tampoco pequeña, es mediana. En Villa Dolorosa laboran veinte peones para quienes ella es un miembro más de la familia. Mi abuela Esilda desayuna con ellos y participa en las labores diarias. Ella regresa de la finca por la tarde y prosigue con quehaceres, siempre tiene algo que hacer. De cuando en cuando realiza las compras de casa o los encargos de los peones con la empleada o visita a don Leoncio Mercedes, el hermano, u otros conocidos. El domingo no va a Villa Dolorosa, lo considera un día sagrado. El domingo va a la catedral y oye la misa de la mañana, viene a casa y, es lo común, la acompañan peones y mujeres e hijos de éstos, el resto de ellos la visita cuando termina de comprar o vagar, y la casa es un alboroto. Mi abuela Esilda los atiende muy bien. La empleada y las dos sobrinas, Rosa María y Clarisa, se levantan tempranito ese día para preparar comida y refrescos; es un día terrible para ellas, no preparan la comida solamente, también deben atender a las visitas y lavar los cerros de platos y vasos y limpiar la casa; Rosa María maldice los domingos, su consuelo es pensar que con el trabajo de los domingo paga una parte de los pecados de la semana. Mi abuela Esilda no sabe cocinar, cocina muy grasoso; con generalidad, ella no cocina, cocina si llego de visita; a mí me agrada cómo cocina Clarisa y convenzo a mi abuela Esilda con proponerle que ocupemos el tiempo en conversar o en ir a la finca o en otra actividad para que cocine Clarisa; no le agrada cocinar y accede rápido a mi propuesta. Ella afirma que heredaré la casa y Villa Dolorosa, no tengo interés en la casa y en la finca, no se lo confieso para no molestarla con mi desinterés por mi herencia futura. En su casa soy tratado como un rey; ella no trató a su hijo como un rey, él sabe que ella me trata como un rey y padece de celo, lo oculta de manera sutil. Mi abuela Esilda disfruta en contar la historia de la familia, sé esta última mejor que mi padre, lo que él sabe son retazos cuya mayoría oyó de la boca de otros familiares. Ella asegura que su abuelo fue un costarriqueño político que ejerció la abogacía, tuvo problemas políticos y se refugió en Juigalpa, él emigró en el siglo pasado, ella tiene los viejos libros de abogacía de ese Calderón en la biblioteca.

MI PADRE recibió César Augusto Díaz Calderón por nombres y apellidos. Su ley es la práctica. Él opina que cree en Dios, no creo que crea en Dios, pienso que su creencia es un disfraz para ser un ente respetable en la sociedad nicaragüeña. Él no sería capaz de decir que no cree en Dios: mi abuela Esilda se moriría, su esposa lo abandonaría y sería mal visto en el medio laboral y político. Mi padre cuenta cincuenta y cuatro años de edad, es doctor en medicina y secretario general del Partido Consevardor Nicaragüeño y no cumple con las normas y los mandamientos de la Ley de Dios al pie de la letra. Él gusta de mirar a las mujeres que tienen un hermoso trasero (claro, las mira con disimulo), su mirada es diabólica y tengo la impresión de que las desnuda y se aprovecha de ellas en la imaginación. Hace poco más o menos cuatro años lo vi salir del cuarto de Cecilia, una empleda joven atractiva y agradabilísima que trabajó en casa; doña Sinceridad Cristiana, empleada muy querida de la casa, se enteró de la infidelidad y se la informó a mi madre, ella discutió con él, no le habló casi un mes y despidió a Cecilia. Mi padre es capitalista y adora el capitalismo, explota a empleados en sus propiedades: cuatro fábricas, seis haciendas y una clínica médica; no es como los otros empresarios, no es malo con los empleados, les paga como lo establece la ley y les garantiza prestaciones sociales, ellos y los familiares de ellos tienen la posibilidad de utilizar los servicios de un puesto médico; si un caso lo requiere en virtud de la gravedad, él lo atiende en la clínica. Le encantan los escritos de Marx. Le pregunté por qué le encantaban los escritos de Marx. »La prosa de Marx es bella. En sus obras se lee la historia y la esencia del capitalismo. En sus escritos se encuentran los argumentos necesarios para defender nuestra sociedad contra los ataques de la plaga comunista. El Capital es el libro opuesto a La Biblia en el presente.« Él me invitó a que leyese a Marx y Engels. A mí no me atrajo tal invitación, tengo otros intereses que no me dejan tiempo; él ha procurado educarme para que sea un buen capitalista en esta sociedad en desarrollo al capitalismo.

MI MADRE recibió los nombres de Anastasia del Carmen Lacayo Fiallos de Buitrago, su abuela paterna quien falleció ya. Ella es la única hija de don Lorenzo María Buitrago Fiallos, un conservador de carne y hueso. Mi madre cuenta cuarenta y siete años de edad, es una mujer muy tímida, su esposo fue su primer novio; en pocas palabras: él fue y es su Tony Curtis. Ella cursó sus estudios de filosofía en Sevilla, España, y trabaja en la Universidad Católica, es la vicerectora académica. Su tiempo libre lo invierte en actividades sociales (es vicesecretaria general de las Damas Conservadoras, vicepresidenta de las Damas para la Salvación de Almas Descarriadas y vicepresidenta de las Damas Pro Ayuda a la Niñez). Mi madre es amiga entrañable de mi tío Cleotilde, primo lejano de su padre, tan lejano que ya no se dicen primos. Él estudió en Alemania, es bebedor de cerveza y se caracteriza por ser comedor y eructar igual que una bestia; siempre que eructa se disculpa y ríe con malicia. »¿Por qué no eructáis y no tiráis vuestros pedos, es que acaso no habéis degustado de la comida?« repite, igual que Martin Luther. Mi tío Cleotilde se tira sus buenos pedos, no en el comedor, sale a caminar al patio de casa y se deshace de sus gases intestinales. Él aconsejó a mi madre que me envíe a Alemania para realizar mis estudios de doctorado, ella no tiene interés en que yo vaya a ese país, quiere que vaya a España, cuenta con mi promesa. No tengo deseos de ir a España, iré y estaré dos años allá y luego iré a Alemania donde realizaré mi doctorado, ya he aprendido el idioma alemán. Estudio ingeniería civil en la Universidad Nacional “Rubén Darío” y concluiré en un año.

YO TENGO UN HERMANO Y UNA HERMANA, él y ella tienen nombres de difuntos; los nombres de mi hermano son los del difunto esposo de mi abuela Esilda, don César Augusto, y mi hermana tiene Filomena Francisca por nombres, éstos fueron los de la suegra y de la esposa de mi abuelo Lorenzo María. César no se parece a mi difunto abuelo César, lo bautizaron con ese nombre porque hubo que heredar el nombre de su padre y de su abuelo paterno, conmigo no fue posible. Yo recibí los dos nombres de mi abuelo Lorenzo María, él exigió a mis padres que me bautizasen con sus nombres, mis padres no pudieron negarse (ya se habían decidido a que yo rebiría los de mi padre). Mi abuela Esilda hubiese querido que me llamase César Augusto y mi hermano Lorenzo María; según afirma, soy el retrato de su difunto esposo y mi hermano menor es el de su abuelo materno. César, aunque no es el retrato de su difunto abuelo paterno, es el hijo preferido de mis padres; que él sea el hijo preferido, quizá, tiene su explicación en que yo soy el preferido de mi abuela Esilda y mi abuelo Lorenzo María; él es dos años menor que nuestra hermana Filomena. Ella se parece a su difunta abuela materna, la familia estuvo de acuerdo con que la bautizasen con los nombres de Filomena Francisca, no en honor de su abuela materna, doña Filomena Francisca Cardenal Fiallos, si no en honor de la suegra de mi abuelo Lorenzo María. Mi hermana Filomena es querida en la familia; ella no goza sí de la preferencia familiar como mi hermano y yo; es la preferida de doña Sinceridad Cristiana, quien sólo tiene ojos para ella. Auxiliadora, la nieta de doña Sinceridad Cristiana, nunca se ha sentido celosa, ella se contentó con ser una más de la casa de mis padres. Mi hermana Filomena es año y medio menor que yo, cuenta diecinueve años y, según las leyes, es mayor de edad y tiene derecho al voto; ella afirma que, no obstante de ser mayor de edad, la familia la trata como si fuese una niña. En cierta ocasión en que sus padres no le permieron que asistiese a una fiesta los amenazó con acusarlos ante las autoridades civiles por restringirle el derecho ciudadano de libre movimiento. Yo no cumplo todavía los veintiún años para ser mayor de edad.

MI TÍO CLEOTILDE es un octogenario blanco, gordo y muy simpático. Él asegura que yo heredaré un poco de capital y dos fincas de él. Mi tío Cleotilde no es sólo el obispo de Managua, también es el jefe supremo de la iglesia nicaragüeña. En los medios religiosos católicos lo consideran un santo, hay quienes no comprenden: ¿por qué él no ha sido ordenado cardenal?; la solicitud fue introducida en el Vaticano; ni el papa, ni los consejeros de él se han dignado a responder al pueblo católico nicaragüeño; la gente católica opina que mi tío Cleotilde dirige la iglesia como si fuese un cardenal. Cuando estaba chavalo, él solía contarme historias de santos y santas y cuentos de aparecidos e historias de exorcismos; las narraciones me ponían los pelos de puntita. Mi tío Cleotilde es uno de los más encarnizados enemigos del Diablo, ellos dos se han trabado en combates acérrimos; él, gracias a la ayuda de Dios, lo ha vencido siempre. El último encuentro que tuvo con el Diablo fue en un pueblito de Río San Juan cuyo nombre es Buena Vista; el Diablo conquistó a una muchacha campesina y cohabitó con ella; los alarmados campesinos buenavisteños pidieron ayuda a la iglesia católica y ésta envió al mejor soldado; no fue una tarea fácil, se requirieron cuatro sesiones intensivas de trabajo y fue indispensable abrirle la cabeza a la muchacha, los resultados fueron: el Diablo huyó, la muchacha quedó libre y tonta y mi tío Cleotilde escribió la victoria número cincuenta y dos en su libreta de apuntes. El pobre Diablo es un ser que inspira lástima, su sino es ser el eterno perdedor y ni siquiera aparece su nombre en el Guinness—book of records. Uno de los libros preferidos de mi tío Cleotilde es Paradise Lost de John Milton; la fantasía de Mr. Milton es una fantasía de fantasías.

MI ABUELO LORENZO MARÍA contaba treinta y dos años y a mi abuela Filomena Francisca le faltaban pocas semanas para cumplir los diecinueve años cuando se casaron. Se casaron sin amarse, las familias dispusieron el matrimonio de ellos para fortalecer posiciones económicas y lazos políticos. En aquellos tiempos, mi abuelo Lorenzo María dedicó la mayor parte del tiempo al partido y se olvidó de su esposa. »No era un tirano con tu abuelita Filomena pero ella no fue su estrellita, puede decirse que ella fue un estorbo para él«, oí de doña Sinceridad Cristiana quien no tiene secretos para mí. Mi abuela Filomena Francisca se ocupó con asuntos sociales para no aburrirse de estar sin hacer nada, poco más o menos dos años antes de que muriese se cansó de la poca atención que le prestaba mi abuelo Lorenzo María y comenzó a juntarse sexualmente con Juan Ernesto Rivas, el chófer. Doña Gertrudis Águeda Mara Martínez (ella tenía poco menos de dos años de estar trabajando en casa) se dio cuenta del amor ilícito y enteró al patrón de la traición y los amantes fueron desenmascarados en el momento en que quebrantaban la ley de los casados y fueron condenados a la separación. Mi abuela Filomena Francisca fue encerrada en su cuarto, en repetidas oportunidades trató en vano de escapar a causa de que doña Getrudis Águeda la vigilaba día y noche por órdenes del patrón. Ella soportó un año y medio tal situación, murió contando treinta y cinco años de edad; sólo mi abuelo Lorenzo María, doña Getrudis Águeda y el doctor que escribió el certificado de defunción conocen de ciencia cierta si ella se suicidó o murió de tuberculosis. Mi madre no ha perdonado la traición a mi abuela Filomena Francisca. »Tu madre no quiso a tu abuelita Filomena y es rencorosa, muy rencorosa«, dijo doña Sinceridad Cristiana una vez que conversamos sobre el asunto. Juan Ernesto Rivas fue encarcelado en la penitenciaría de Tipitapa, los motivos que le inculparon fueron de carácter político; mi abuelo Lorenzo María, pese a pertenecer a la oposición, se valió de las influencias en las esferas gubernamentales. El ex chófer fue juzgado, lo condenaron a ochenta y nueve años de prisión: veintinueve por actividades terroristas, diez por que le encontraron un arsenal de armas en el cuarto de la pensión donde se alojaba, cinco por alteración del orden público, cinco por irrespeto a la moral ciudadana, quince por falsas calumnias contra su ex patrón y veinticinco por llamar mal parido al presidente de la República. Juan Ernesto Rivas vivió cinco años a costillas del estado nicaragüeño, luego fue deportado a México, no regresó al país. Mi abuelo Lorenzo María fue criticado por sus enemigos políticos tanto de los grupos de izquierda como de su partido.

DOÑA SINCERIDAD CRISTIANA es una mestiza agradable. Ella tiene unos hermosos dientes blancos y saludables; cuenta setenta años y pareciese que tuviese cincuenta, su energía se compara con la de una mujer de treinta; es un ser inigualable. En los años mozos debió de haber tenido numerosos pretendientes, las fotos de aquellos años la muestran como una moza atractiva. Ella fue la niñera y la segunda madre de mi madre, ese papel lo asumió desde el instante en que mi abuela Filomena Francisca parió a su hija, doña Sinceridad Cristiana la amamantó, sus tetas fueron una fábrica de leche y las de su patrona no produjeron ni una gotita de ésta. Mi abuelo Lorenzo María la estima, mi madre la quiere, mi hermana Filomena la adora. Ella proviene de No me olvides, un pueblo ubicado en el norte de Chinandega; lo abandonó para evitar que Vilma Luisa, la esposa del amante Prudencio Jeronimo, cumpliese la promesa de vengarse de ella. Es posible que ella no hubiese abandonado No me olvides si Prudencio Jeronimo no hubiese sido asesinado de un machetazo por Vilma Luisa mientras él la visita y ella no hubiese cortado la cara de extremo a extremo a la asesina en una reacción rápida. Doña Sinceridad Cristiana vino a Managua únicamente con los trapos que llevaba puestos y Prudencia Sinceridad, la hija que parió a Prudencio Jeronimo. Mi familia tuvo suerte, la primera casa en donde ella solicitó empleo fue la de mi abuelo Lorenzo María. Mi abuela Filomena Francisca no quiso emplearla después de que oyó de sus labios los motivos en virtud de los cuales se había decidido a abandonar No me olvides, pensó que Vilma Luisa se aparecería en casa y cumpliría la promesa; a mi abuelo Lorenzo María le agradó la sinceridad de doña Sinceridad Cristiana, que en aquella ocasión era una joven cuyos veintidós años de edad había cumplido, y no creyó que la viuda asesina viniese a casa para vengarse de ella. Doña Sinceridad Cristiana me confesó que no gozó de más hombre que Prudencio Jeronimo y que lo recuerda con amor; si ella habla de él, brillan sus grandes ojos negros. | 1992/1993

 


Bildquelle: [1, 2] Quetzal-Redaktion, gt

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